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Martes, 14 de febrero de 2006

LA SOLUCIÓN ESTÁ EN LA GENTE

Por: Raúl Mendoza Cánepa (*)
rmendoza@cajpe.org.pe

La política en el Perú está impregnada de realismo mágico. Hacer lo posible de lo imposible es una tarea que los ciudadanos encargan a sus políticos con desmesurada ilusión, como si sólo de ellos dependiera la bonanza del futuro. Cada cinco años las esperanzas se renuevan para descomponerse a medio camino. Alan García era la reedición de Haya y terminó ahogado en el remolino de una hiperinflación histórica. Alberto Fujimori, fue para muchos quien encarnaba la reinserción y la modernidad, hoy es un prófugo de la Justicia, nunca el Perú experimentó como con él una red corrupta en las entrañas misma del poder. Alejandro Toledo no logró ser finalmente lo que la gente quería, un líder. Ahora asoman nuevas propuestas, algunas la reedición de lo anterior y otras rebasando el equilibrio de lo sensato. Pero ¿Por qué esperar tanto de los políticos? ¿No se necesita más bien poner atención en los líderes económicos, científicos y culturales? ¿Por qué reincidir en la idea de que el Estado y sus funcionarios lo pueden todo?

El problema del exceso de fe en la política es histórico, nace en los orígenes de la república. El catolicismo español, definido por el jeraquismo, la preeminencia de la autoridad y la sanción moral del éxito, incidió en que el eje de la vida republicana fuera el poder. Los individuos debían tomar un papel pasivo en el desarrollo social. Mientras ello ocurría, Estados Unidos, con raíces culturales en el protestantismo anglosajón, forjado por la conquista de territorios inhabitados y en la idea de que el éxito es la mejor prueba de la gracia divina, puso énfasis en la libertad individual. Dos caminos divergentes con resultados distintos desde el punto de vista de la organización social. Usando categorías de Max Weber, la religión, de fundamentos liberales, definió el rudo individualismo norteamericano.

En el Perú, las raíces culturales latinas incidieron en la formación de una cultura en la que el Estado era el eje de todo. De esa manera, todo quedaba en manos de los políticos. Inclusive, las constituciones no fueron pactos sociales sino que se creaban para legitimar a los gobernantes. Se convirtieron en hitos fundacionales y no en lo que debían ser: cartas de derechos. Se constituyó así una cultura en la que el poder era más importante que los individuos. Los gobernantes aprendieron que era más fácil vulnerar las reglas y tomar el poder por la fuerza. Es fácil entender porque de las doce constituciones de la historia republicana (y de los diversos estatutos provisorios), sólo tuvieron vigencia real, en términos de Loewenstein, la carta de 1860 y la de 1979. La inestable vida constitucional fue siempre el reflejo de la preponderancia de la política y de sus pugnas. La reinvención recurrente de la república fue la muestra del persistente hábito nacional de creer y luego descreer en los políticos.

Cuando la fe ciudadana en el gobernante colapsa empieza la crisis y con ella la democracia se torna precaria. La baja aprobación popular del Presidente Toledo y de las demás autoridades públicas (un gran número de alcaldes tienen problemas de cuestionamiento popular en sus distritos y provincias) es el descontento que sigue a las expectativas sobredimensionadas de los ciudadanos en la política. Ante ello, es prudente pensar que la promesa de la vida peruana no está en los discursos y las ofertas de los candidatos y gobernantes sino fundamentalmente en el empuje y la inventiva de los millones de ciudadanos que bregan silenciosamente para "construirse un futuro mejor".

(*) Investigador Área de Democracia y Participación Ciudadana de la Comisión Andina de Juristas

Las opiniones contenidas en este artículo son de responsabilidad exclusiva del autor y no reflejan necesariamente opiniones institucionales de la Comisión Andina de Juristas (CAJ)

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