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LA SOLUCIÓN ESTÁ EN LA GENTE
Por: Raúl Mendoza Cánepa
(*)
rmendoza@cajpe.org.pe
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La política en el Perú
está impregnada de realismo mágico.
Hacer lo posible de lo imposible es una tarea
que los ciudadanos encargan a sus políticos
con desmesurada ilusión, como si sólo
de ellos dependiera la bonanza del futuro. Cada
cinco años las esperanzas se renuevan para
descomponerse a medio camino. Alan
García era la reedición
de Haya y terminó ahogado en el remolino
de una hiperinflación histórica.
Alberto Fujimori,
fue para muchos quien encarnaba la reinserción
y la modernidad, hoy es un prófugo de la
Justicia, nunca el Perú experimentó
como con él una red corrupta en las entrañas
misma del poder. Alejandro
Toledo no logró ser finalmente
lo que la gente quería, un líder.
Ahora asoman nuevas propuestas, algunas la reedición
de lo anterior y otras rebasando el equilibrio
de lo sensato. Pero ¿Por qué
esperar tanto de los políticos? ¿No
se necesita más bien poner atención
en los líderes económicos, científicos
y culturales? ¿Por qué reincidir
en la idea de que el Estado y sus funcionarios
lo pueden todo?
El problema del exceso de fe en
la política es histórico, nace en
los orígenes de la república. El
catolicismo español, definido por el jeraquismo,
la preeminencia de la autoridad y la sanción
moral del éxito, incidió en que
el eje de la vida republicana fuera el poder.
Los individuos debían tomar un papel pasivo
en el desarrollo social. Mientras ello ocurría,
Estados Unidos, con raíces culturales en
el protestantismo anglosajón, forjado por
la conquista de territorios inhabitados y en la
idea de que el éxito es la mejor prueba
de la gracia divina, puso énfasis en la
libertad individual. Dos caminos divergentes con
resultados distintos desde el punto de vista de
la organización social. Usando categorías
de Max Weber, la religión, de fundamentos
liberales, definió el rudo individualismo
norteamericano.
En el Perú, las raíces
culturales latinas incidieron en la formación
de una cultura en la que el Estado era el eje
de todo. De esa manera, todo quedaba en manos
de los políticos. Inclusive, las constituciones
no fueron pactos sociales sino que se creaban
para legitimar a los gobernantes. Se convirtieron
en hitos fundacionales y no en lo que debían
ser: cartas de derechos. Se constituyó
así una cultura en la que el poder era
más importante que los individuos. Los
gobernantes aprendieron que era más fácil
vulnerar las reglas y tomar el poder por la fuerza.
Es fácil entender porque de las doce constituciones
de la historia republicana (y de los diversos
estatutos provisorios), sólo tuvieron vigencia
real, en términos de Loewenstein, la carta
de 1860 y la de 1979. La inestable vida constitucional
fue siempre el reflejo de la preponderancia de
la política y de sus pugnas. La reinvención
recurrente de la república fue la muestra
del persistente hábito nacional de creer
y luego descreer en los políticos.
Cuando la fe ciudadana en el gobernante
colapsa empieza la crisis y con ella la democracia
se torna precaria. La baja aprobación popular
del Presidente Toledo y de las demás autoridades
públicas (un gran número de alcaldes
tienen problemas de cuestionamiento popular en
sus distritos y provincias) es el descontento
que sigue a las expectativas sobredimensionadas
de los ciudadanos en la política. Ante
ello, es prudente pensar que la promesa de la
vida peruana no está en los discursos y
las ofertas de los candidatos y gobernantes sino
fundamentalmente en el empuje y la inventiva de
los millones de ciudadanos que bregan silenciosamente
para "construirse un futuro mejor".
(*) Investigador
Área de Democracia y Participación
Ciudadana de la Comisión Andina de Juristas
Las opiniones contenidas en
este artículo son de responsabilidad exclusiva
del autor y no reflejan necesariamente opiniones
institucionales de la Comisión Andina de
Juristas (CAJ)
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