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Jueves, 15 de junio de 2006

MARCHA MUNDIAL CONTRA EL HAMBRE

Por: Florie Huck
Comisión Andina de Juristas

El domingo 21 de mayo, más de 5.000 personas marcharon en el Perú contra el hambre infantil. Aunándose a la iniciativa Walk the World del Programa Mundial de Alimentos de las Naciones Unidas, tres marchas se organizaron: en Lima, en Ollantaytambo, y en Urubamba (Cuzco). No es para menos, en el Perú, 3.3 millones de personas, es decir, 12% de la población sufre crónicamente de hambre, y 25% de menores de 5 años están desnutridos

La marcha contra el hambre tenía carácter mundial. Más de 760, 000 personas desfilaron en todo el mundo contra el sufrimiento de los 852 millones de personas víctimas del hambre. Cada día, 24 000 personas mueren por esta plaga o por sus consecuencias. Aunque no está muy difundido en nuestro medio, hoy en día, esta situación representa una violación a gran escala de un derecho humano fundamental: el derecho a la alimentación adecuada.

El derecho a la alimentación adecuada fue reconocido la primera vez a nivel internacional, como la mayoría de los derechos humanos, en la Declaración Universal de los Derechos Humanos. El Pacto Internacional de Derechos Económicos, Sociales y Culturales (PIDESC) de 1966, ratificado por el Estado peruano, proclama de manera amplia el derecho fundamental de toda persona a estar protegida contra el hambre.

Según el Comité de Derechos Económicos, Sociales y Culturales de las Naciones Unidas, "el derecho a la alimentación adecuada se ejerce cuando todo hombre, mujer o niño, ya sea solo o en común con otros, tiene acceso físico y económico, en todo momento, a la alimentación adecuada o a medios para obtenerla". Eso se traduce en la disponibilidad y la accesibilidad efectiva de alimentos en cantidad y calidad suficientes. Por disponibilidad, se entienden las posibilidades que tiene un individuo de alimentarse directamente, explotando la tierra productiva, o acudiendo mercados que trasladan los alimentos donde sea necesario. Por accesibilidad, se entiende la capacidad económica de poder adquirir los alimentos sin poner en riesgo la satisfacción de otras necesidades básicas (salud, educación, etc.). Asimismo, la accesibilidad física implica proteger a las personas físicamente vulnerables, como los lactantes, los niños, los adultos mayores, las personas con discapacidad física, los moribundos, etc.

La causa principal del hambre es la falta de acceso a los alimentos, o mejor dicho, la pobreza. Una familia pobre dedica la mayor parte de sus recursos a la adquisición de alimentos. De este modo, la relación entre el hambre y la pobreza es muy estrecha, y forman un círculo vicioso. Por la falta de aporte nutritivo, los individuos ven sus capacidades físicas disminuidas, lo que genera límites en su potencial productivo, y culmina a menudo en la transmisión de enfermedades asociadas al hambre de una generación a otra.

En el plano formal, las obligaciones correspondientes a la implementación del derecho a alimentación de los Estados son claras. Cada uno de los Estados, parte del PIDESC, se ha comprometido a adoptar medidas para garantizar que toda persona que se encuentre bajo su jurisdicción sea protegida contra el hambre. El Estado debe respetar, proteger y realizar el derecho a la alimentación. En este sentido, tiene que adoptar medidas para velar por que las empresas o los particulares no priven a las personas de este derecho, desarrollar actividades para fortalecer el acceso y el consumo adecuado a los alimentos, y hacer efectivo este derecho cuando un individuo o un grupo sea incapaz de disfrutarlo.

El compromiso político más avanzado para la lucha contra el hambre se logró durante la Cumbre Mundial sobre la Alimentación, celebrada en Roma en 1996. Tomando como referencia la situación del hambre en 1990, los representantes de 185 países asumieron la responsabilidad de reducir a la mitad las cifras del hambre hacia el 2015. Esta meta se formuló también, junto con la reducción de la pobreza, como el primer objetivo del Milenio.

En el Perú, para el año 2003, las cifras del hambre se redujeron en un 70% con relación a la situación de 1990. Esto, sin embargo, no es del todo alentador. El nivel de desnutrición en el país es alto: todavía, 3.3 millones de peruanos sufren cada día de hambre, situación que afecta particularmente a los departamentos de Huancavelica y de Apurímac. Así pues, el Estado, pero especialmente la solidaridad de cada uno de nosotros, deben movilizarse para poner fin a la violación del derecho a la alimentación adecuada del 12% de la población peruana. No esta de más recordar que en el mundo, se gasta más dinero en alimentar a mascotas del que sería necesario para erradicar el hambre.

 
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