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FATALISMO DENIGRANTE EN EL PODER ELECTORAL
Por : Julio Cesar Rojas Rojas.
El radicalismo o sistema político
exagerado, autoritario y absoluto es el que se
emplea para tratar asuntos dentro del área
política de un gobierno, a veces lleno
de famélicos o hambrientos actores, todo
concentrado en un tinte falaz dirigido al pueblo
que se siente abandonado, sin reacción
ante los sucesos mezquinos de los que se creen
"poderosos dominadores" en un ambiente
sucio, semejante a una cloaca de "celebres"
elementos humanos infectos. Dentro de este horroroso
escenario, particularmente están inmersos
el JNE, la ONPE y otros organismos relacionados
al sistema electoral peruano que conforman un
feudo de grandes irregularidades, los mismos que,
a su vez, forman parte del fatalismo que rige
o subsiste.
La gran desgracia que enloda y
oscurece estás elecciones generales del
2006, se originan por el pésimo desempeño
de aquellos entes que están mostrando una
descarada parcialización, tratando de favorecer
a algunos grupos políticos, habiéndose
comprobado una corrupción oficializada,
además de ser bastante visible las influencias
entre "angelicales y satánicos"
candidatos; por cierto, muy bien compartidas,
a los que se suman el tráfico de influencias
partidarias, situación que por lo general
viene abrazada a -no pocas despreciables- cantidades
de dólares o nuevos soles. A mayor inmoralidad
mayor cantidad, lógicamente en este lucrativo
"negocio" no faltan hermosas
damas y simpáticos caballeros que funcionan
como intermediarios, por sus relaciones con los
grupos políticos comprometidos.
Todo esto viene a formar parte
de un fatalismo político -integrante de
otros mayormente denigrantes- jefaturado por ciertos
líderes de mala o buena monta. El fatalismo
es una doctrina que se basa, o sostiene, en aquellos
que pretenden afirmar que todos los acontecimientos
democráticos están irrevocablemente
determinados, de antemano, por una causa única
y sobrenatural. En todos estos recuadros descritos,
prevalece sin lugar a dudas la mafia, la corrupción,
la deshonestidad y la ambición de aquellos
huérfanos de concepciones políticas
que tratan de arribar, por asalto, al Poder Ejecutivo,
el Poder Legislativo y cualquier otro cargo público
con jugosa remuneración. En otras palabras:
Dinero del pueblo para hacer más adinerados
a los nuevos ricos del país.
La lentitud, la haraganería,
la negligencia, etc., son virtudes cómplices
que impiden la dinámica para resolver los
cuestionamientos, irregularidades y modificaciones
de los resultados que aparecerán en las
actas, entre otros tantos vicios -muchas veces
de carácter internacional- que se dan como
consecuencia de un mal comportamiento público
de quienes protagonizan los roles principales
de este proceso electoral del 2006. Fatalmente,
rige la desorganización y una incapacidad
administrativa que son la causa primordial de
los fracasos del proceso, gracias a la irresponsabilidad
de los funcionarios y trabajadores de los entes
electorales, esos vicios están presentes
a vista y paciencia de todos sin que nadie se
atreva a poner "el cascabel al gato".
También debemos mencionar
que la negligencia de funciones; las influencias
político-comerciales; el partidarismo mediocre
de los derechistas, izquierdistas, nacionalistas,
humanistas y conservadores (la mayor parte de
ellos encerrados en una coraza de falsedad ideológica),
salvo la ocasional decisión del APRA que
ha dado un paso al costado, absteniéndose
de interrumpir de alguna forma el proceso electoral,
respetando el sentir ciudadano expresado en las
urnas y tratando de fortalecer nuestra alicaída
democracia; mientras tanto, algunos celebérrimos
personajes siguen poniendo trabas a todos estos
actos con sus teorías personales o de grupo,
sin descartar actitudes especiales con sentido
negativo. Toda esta gama ramificada, hace un tremendo
daño a los comicios y a otros aspectos
de los mismos, en síntesis: Todo un
pandemonio que al final de cuentas se viste de
millonada y en nada beneficia a los ciudadanos
y familias pobres de nuestro sufrido Perú.
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