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Sábado, 22 de abril de 2006

FATALISMO DENIGRANTE EN EL PODER ELECTORAL

Por : Julio Cesar Rojas Rojas.

El radicalismo o sistema político exagerado, autoritario y absoluto es el que se emplea para tratar asuntos dentro del área política de un gobierno, a veces lleno de famélicos o hambrientos actores, todo concentrado en un tinte falaz dirigido al pueblo que se siente abandonado, sin reacción ante los sucesos mezquinos de los que se creen "poderosos dominadores" en un ambiente sucio, semejante a una cloaca de "celebres" elementos humanos infectos. Dentro de este horroroso escenario, particularmente están inmersos el JNE, la ONPE y otros organismos relacionados al sistema electoral peruano que conforman un feudo de grandes irregularidades, los mismos que, a su vez, forman parte del fatalismo que rige o subsiste.

La gran desgracia que enloda y oscurece estás elecciones generales del 2006, se originan por el pésimo desempeño de aquellos entes que están mostrando una descarada parcialización, tratando de favorecer a algunos grupos políticos, habiéndose comprobado una corrupción oficializada, además de ser bastante visible las influencias entre "angelicales y satánicos" candidatos; por cierto, muy bien compartidas, a los que se suman el tráfico de influencias partidarias, situación que por lo general viene abrazada a -no pocas despreciables- cantidades de dólares o nuevos soles. A mayor inmoralidad mayor cantidad, lógicamente en este lucrativo "negocio" no faltan hermosas damas y simpáticos caballeros que funcionan como intermediarios, por sus relaciones con los grupos políticos comprometidos.

Todo esto viene a formar parte de un fatalismo político -integrante de otros mayormente denigrantes- jefaturado por ciertos líderes de mala o buena monta. El fatalismo es una doctrina que se basa, o sostiene, en aquellos que pretenden afirmar que todos los acontecimientos democráticos están irrevocablemente determinados, de antemano, por una causa única y sobrenatural. En todos estos recuadros descritos, prevalece sin lugar a dudas la mafia, la corrupción, la deshonestidad y la ambición de aquellos huérfanos de concepciones políticas que tratan de arribar, por asalto, al Poder Ejecutivo, el Poder Legislativo y cualquier otro cargo público con jugosa remuneración. En otras palabras: Dinero del pueblo para hacer más adinerados a los nuevos ricos del país.

La lentitud, la haraganería, la negligencia, etc., son virtudes cómplices que impiden la dinámica para resolver los cuestionamientos, irregularidades y modificaciones de los resultados que aparecerán en las actas, entre otros tantos vicios -muchas veces de carácter internacional- que se dan como consecuencia de un mal comportamiento público de quienes protagonizan los roles principales de este proceso electoral del 2006. Fatalmente, rige la desorganización y una incapacidad administrativa que son la causa primordial de los fracasos del proceso, gracias a la irresponsabilidad de los funcionarios y trabajadores de los entes electorales, esos vicios están presentes a vista y paciencia de todos sin que nadie se atreva a poner "el cascabel al gato".

También debemos mencionar que la negligencia de funciones; las influencias político-comerciales; el partidarismo mediocre de los derechistas, izquierdistas, nacionalistas, humanistas y conservadores (la mayor parte de ellos encerrados en una coraza de falsedad ideológica), salvo la ocasional decisión del APRA que ha dado un paso al costado, absteniéndose de interrumpir de alguna forma el proceso electoral, respetando el sentir ciudadano expresado en las urnas y tratando de fortalecer nuestra alicaída democracia; mientras tanto, algunos celebérrimos personajes siguen poniendo trabas a todos estos actos con sus teorías personales o de grupo, sin descartar actitudes especiales con sentido negativo. Toda esta gama ramificada, hace un tremendo daño a los comicios y a otros aspectos de los mismos, en síntesis: Todo un pandemonio que al final de cuentas se viste de millonada y en nada beneficia a los ciudadanos y familias pobres de nuestro sufrido Perú.

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