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DE LA PALABRA DEL PODER AL PODER DE LA PALABRA
Por: Miguel Godos Curay
El desarrollo de un país
no puede limitarse a la construcción de
infraestructura o a la suma de recursos materiales.
El desarrollo requiere también de aspectos
cognitivos, simbólicos, culturales, sociales
y cívicos. En 1982, señalaba Sergio
Boisier, que el desarrollo regional
configuraba un triángulo con tres vértices:
El primer correspondiente a la asignación
interregional de recursos. El segundo a los efectos
regionalmente diferenciados de la política
económica nacional (global y sectorial)
y el tercero: la capacidad de organización
social de la región.
En efecto, una región necesita
de un flujo continuado de recursos, el atraer
inversión para activar la economía
pero también de la suficiente capacidad
de organización social para hacer los impulsos
de crecimiento estadios de desarrollo. Dos aspectos
importantes necesita el proceso de integración
regional para ser exitoso: Por un lado crecimiento
económico y por otro desarrollo societal.
A un lado el "Estado" y en el
otro la "Región" como
construcción social del bienestar en un
territorio geográficamente integrado. Apostar
por el ¡sí! supone reconocer esta
posibilidad y asumir el desafío del futuro.
El ¡no! pinta de cuerpo entero el temor
a abandonar ese esquema en el que "otros
deciden por nosotros". Cuando no existe
el ejercicio pleno de la capacidad de decisión
el cambio provoca vértigo y temor.
La descentralización política
y territorial requiere capacidad de negociación
a nivel regional y nacional. Requiere de ciudadanos
y ciudadanas capaces de vigilar el gasto público,
demandar calidad de la educación, concertación
para la solución de problemas urgentes
como el de la inseguridad ciudadana, la mejora
de los servicios de salud y expansión del
bienestar en la sociedad. Este proceso conlleva
la búsqueda de un nuevo protagonismo social
que alienta valores como la autonomía y
equidad. Políticamente supone la reconquista
del control social de las mayorías sobre
la vida pública lo que causa natural desconcierto
en los partidos políticos históricamente
reconcentrados en Lima porque aparecerán
nuevos espacios de mediación política
en las olvidadas provincias.
Las nuevas alternativas populares
de poder emergerán de las regiones. Una
de las metas sociales será la de que los
ciudadanos que hoy se preparan para votar sean
ciudadanos con oportunidades para trabajar. No
se piense tampoco que con la conformación
de una región los problemas se resuelven
de una día para otro. Se van a conquistar
valiosas cuotas de poder que permitirán
ampliar la participación ciudadana y redefinir
las relaciones económicas entre el centro
y la periferia así como el control progresivo
y redistribución de la recaudación
fiscal, el control de la explotación de
la riqueza y los recursos estratégicos.
Estos cambios que suponen la alteración
del tradicional gobierno desde arriba y desde
los centros de poder por otro desde abajo tendrá
como correlato no sólo el reconocimiento
de nuestras potencialidades y su aprovechamiento.
Sino sobretodo la adopción de políticas
de inclusión social que permitan la reducción
del desempleo y el enfrentamiento frontal a la
pobreza. Los piuranos, lambayecanos y tumbesinos
que son esencialmente peruanos podrán reconocer
que tienen valiosos capitales que no pueden mirarse
solamente como los frutos deliciosos en la canasta
sino que los podrá aplicar en beneficio
de sus poblaciones.
Tenemos un capital natural expresado
en nuestra dotación de recursos naturales
renovables y no renovables los que mencionamos
hasta la saciedad sin utilizarlos en la activación
de la economía regional. Somos atractivos
para la inversión pero hasta el momento
nos cuesta procurar la confianza para que los
capitales aniden aquí y no se pasen de
largo como las oscuras golondrinas de Bécquer.
Mejor dicho de "ahuyenta capitales"
debemos convertirnos en "atrae capitales"
para actividades nuevas como la acuicultura en
contra de la pesca predatoria de quienes queman
toneladas de proteínas para fabricar harina
de pescado. De exportadores de frutos que otros
transforman a exportadores de productos con valor
agregado que fomenten el pleno empleo.
El capital más valioso que
tenemos es el capital humano. Lamentablemente
damos un trato porfiadamente inhumano a nuestros
niños y somos campeones en violencia familiar
producto del machismo. Aún seguimos pensando
que la educación no es una materia fundamental
para el desarrollo y renunciamos como padres a
exigir calidad en el servicio educativo a nuestros
hijos. Nos preciamos de tener universidad pero
la universidad está ausente en las decisiones
del desarrollo.
No valoramos el conocimiento ni
los beneficios de la ciencia. Creemos en la palabra
del poder pero no en el poder de la palabra para
hacernos escuchar y expresar nuestras demandas.
Vivimos en el ensueño tropical de un mundo
nuevo pero no se nos ocurre construirlo y ni siquiera
inventarlo para construir una región. Preferimos
decir ¡No! Para no darnos el trabajo de
ser protagonistas de nuestro destino. Hablamos
del desarrollo pero no nos desarrollamos nosotros
mismos por temor al fracaso.
Decimos que tenemos valores pero
no nos valoramos a nosotros mismos y somos reacios
a la solidaridad y la cooperación. Hablamos
de la cultura de la confianza pero somos desconfiados
de atar. La reconstrucción de la confianza
está vinculada a nuestras decisiones no
sólo como posibilidad de futuro sobre todo
en la elección de los mejores para la responsabilidad
del gobierno. Necesitamos consolidar una democracia
de ciudadanos y no solamente de electores. Como
nos lo recuerda el clásico epifonema de
Haya: " Unidos podemos todo. Desunidos
no valemos nada."
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