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Miércoles, 24 de enero de 2007

¿Y LAS REFORMAS?

Por: Raúl Mendoza Cánepa

Perdemos el tiempo en debates inútiles mientras se nos pasa nuevamente el tren de la historia. Los buenos precios internacionales y las bonanzas, según me advierte el historial de los ciclos económicos, son episódicos. Se cae el contexto mundial y se cae todo con él. Como en la Bizancio invadida por los fieros turcos, nos distrae el sexo de los ángeles, lo adjetivo antes que lo sustancial. La pena de muerte, el menudeo y los fuegos artificiales parecen ser las únicas herramientas políticas del presidente García ¿Y los temas de fondo? ¿Y la reforma del Estado? ¿Y las carreteras de integración al mercado? ¿Y la Justicia? ¿Y la educación? ¿Y qué pasó con los proyectos de simplificación administrativa?

No reparan que, incluso el crecimiento económico de los últimos años pudo haber tenido un impacto directo sobre la pobreza si se hubiesen concebido y ejecutado reformas institucionales. La forma como está concebido el Estado peruano dificulta que, aún en períodos de crecimiento, muchos "ciudadanos" tengan acceso a servicios elementales. El modelo institucional impide que millones de habitantes inviertan, accedan a la propiedad y al crédito o que simplemente tengan agua, electricidad, una buena educación o seguridad mínima. El "Estado" en el Perú es patrimonio, no es Estado, por eso no funciona.

Además, cuando el Estado es inefectivo y débil, los costos de contratar aumentan en razón de la incertidumbre que proporciona el comportamiento impredecible de la gente. Por ejemplo, un Poder Judicial manipulado por el poder político genera reservas costosísimas al momento de celebrar un contrato; un organismo regulador de servicios públicos que opera en función de intereses no ofrece garantías para los usuarios; una administración pública caracterizada por la corrupción pierde credibilidad ante sus administrados. Todo se encarece.

No sólo eso, el Estado contribuye a crear obstáculos que resisten el desarrollo y la transferencia de recursos de manera descendente. Esta inefectividad coadyuva a que el Estado sea un gran concentrador y un mal administrador de lo que recauda. Por ejemplo, en el Perú algunas regiones cuentan con grandes recursos por concepto de canon y otros ingresos. Pero, en 20 regiones hay 18 millones de pobres y dado que diversas regiones reciben millones de soles por canon y regalías subiste la pobreza extrema ¿Por qué pese a los 470 millones de soles que ingresan por estos conceptos a Cajamarca, ésta región ha pasado en el 2007 a ser una de las regiones con mayor incidencia de pobres? Lo que más ilustra la incapacidad del Estado para movilizar sus propios ingresos es que en las inmediaciones del yacimiento minero de Yanacocha existen distritos en donde la desnutrición alcanza niveles alarmantes (entre el 50 y 75% de los habitantes). Los recursos no fluyen, son mal administrados y se atoran en las oficinas de las burocracias regionales. Las inversiones públicas se congelan por el SNIP y la conflictividad social (de por sí alta) madura hasta la violencia. El Estado opera en muchos casos como un dique de contención de los flujos que las empresas privadas inyectan en el organismo estatal. El Estado no sólo no sirve, no está, y cuando está obstruye.

Sin un Estado integrado, racional y eficiente no es posible vislumbrar mejores rumbos. El camino al desarrollo social pasa por resolver de una vez por siempre la vieja pregunta siempre irresuelta ¿Qué es el Estado en el Perú? ¿Y qué Estado queremos? Y desde allí avanzar a una reforma que desentrampe los procesos económicos y que enriquezca su sinuosa y conflictiva relación con los ciudadanos.

Quizás no haya otra oportunidad cercana para las grandes reformas ¿Aprovechará el buen oleaje, Presidente García?

 
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