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¿CUÁNDO SE "JODIÓ"
EL PERÚ?
Por: Raúl Mendoza Cánepa
A 185 años de vida independiente,
el Perú es un país con escasas definiciones.
Abundan los desencuentros y los grandes dilemas.
La literatura suele desentrañar esas zozobras.
Así, en su novela "Conversación
en la Catedral", Vargas Llosa se pregunta
por boca de uno de sus personajes, Zavalita "¿Cuándo
se jodió el Perú?" La pregunta
ha invadido la mente de los peruanos desde mediados
del siglo XX sin hallar nunca una respuesta satisfactoria.
Quizás el Perú se fue descomponiendo
de a pocos o quizás siguió, desde
las primeras luces republicanas, la senda equivocada.
Si toda respuesta es válida,
ensayemos una. La colonia dejó su sello,
definió culturalmente a la república.
Con el catolicismo español aportó
a la vida el jerarquismo, la prevalencia de la
autoridad y, valgan verdades, la sanción
moral del éxito. No en vano, el juego del
palo encebado fue acaso alguna vez un deporte
nacional. Traer abajo al otro y no dejarlo llegar
a la meta es más que un juego, una filosofía
(En Alemania, curiosamente es todo lo contrario,
todos empujan hacia arriba). En el Perú
no hay éxito desprovisto de culpa, de desconfianza
o de envidia. Por eso, se dio a los individuos
un papel pasivo en el desarrollo social. Mientras
ello ocurría, Estados Unidos, con raíces
culturales en el protestantismo anglosajón,
forjado por la ruda conquista de territorios inhabitados,
hizo del éxito individual la prueba de
la gracia divina. El calvinismo asegura al próspero
empresario la salvación de su alma. En
lógica de Weber, la religión y la
cultura hicieron lo suyo. En Norteamerica crearon
al individuo libre y aventurero, en América
Latina reforzaron el principio de autoridad, jerarquía
y poder estatal.
Por eso en el Perú, se creó
una cultura "Estadocéntrica".
El Estado fue el eje de la vida social, todo se
hacía con autorización estatal o
a la sombra de los funcionarios. Se volvió
más importante que producir, negociar con
el Estado, agenciarse de relaciones y medrar a
costa de él. Las primeras constituciones
peruanas, liberales en su esencia, quedaron sólo
en el papel porque siempre el poder fue más
sagrado que la libertad. Inventamos constituciones
para legitimar poderes fácticos. Nuestras
constituciones no fueron cartas de derechos sino
modelos para estructurar un Estado. Vivimos inquietos
refundándonos, comenzando siempre de cero
sin llegar a arcadia alguna. Nos faltó
un Thomas Jefferson que nos fundara para
siempre, que nos persuadiera que la vida social
sólo puede fructificar por la libertad
de los individuos y que la riqueza no la producen
los Estados sino que es efecto de esa fórmula
magistral convertida en derecho por el constitucionalismo
norteamericano: "el derecho de los hombres
a la búsqueda de la felicidad".
Por nuestra parte, en el contexto
de un país en el que el poder político
predominó a la libertad y en el que el
éxito personal fue siempre un accidente,
el derecho estuvo constituido por leyes y no por
contratos. Creímos que la omnímoda
voluntad del funcionario era más eficaz
para crear prosperidad que la iniciativa de las
empresas y sus acuerdos. Ignoramos la gran fuerza
escondida detrás de los individuos y sus
capitales. Confiamos demasiado en las virtudes
de los políticos, cuando la clave del desarrollo
no la tenían ellos, sino millones de esforzados
peruanos tratando de procurarse una vida mejor.
Zavalita jamás logró una respuesta
a su pregunta, ella quedó en el tintero
de una ficción, aunque quizás pudiera
ser el eje para un multidisciplinario e impostergable
debate nacional ¿Alguien se animará,
por fin, a proponerlo?
Las opiniones contenidas en
este artículo son de responsabilidad exclusiva
del autor y no reflejan necesariamente opiniones
institucionales de la Comisión Andina de
Juristas (CAJ).
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