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Jueves, 27 de julio de 2006

¿CUÁNDO SE "JODIÓ" EL PERÚ?

Por: Raúl Mendoza Cánepa

A 185 años de vida independiente, el Perú es un país con escasas definiciones. Abundan los desencuentros y los grandes dilemas. La literatura suele desentrañar esas zozobras. Así, en su novela "Conversación en la Catedral", Vargas Llosa se pregunta por boca de uno de sus personajes, Zavalita "¿Cuándo se jodió el Perú?" La pregunta ha invadido la mente de los peruanos desde mediados del siglo XX sin hallar nunca una respuesta satisfactoria. Quizás el Perú se fue descomponiendo de a pocos o quizás siguió, desde las primeras luces republicanas, la senda equivocada.

Si toda respuesta es válida, ensayemos una. La colonia dejó su sello, definió culturalmente a la república. Con el catolicismo español aportó a la vida el jerarquismo, la prevalencia de la autoridad y, valgan verdades, la sanción moral del éxito. No en vano, el juego del palo encebado fue acaso alguna vez un deporte nacional. Traer abajo al otro y no dejarlo llegar a la meta es más que un juego, una filosofía (En Alemania, curiosamente es todo lo contrario, todos empujan hacia arriba). En el Perú no hay éxito desprovisto de culpa, de desconfianza o de envidia. Por eso, se dio a los individuos un papel pasivo en el desarrollo social. Mientras ello ocurría, Estados Unidos, con raíces culturales en el protestantismo anglosajón, forjado por la ruda conquista de territorios inhabitados, hizo del éxito individual la prueba de la gracia divina. El calvinismo asegura al próspero empresario la salvación de su alma. En lógica de Weber, la religión y la cultura hicieron lo suyo. En Norteamerica crearon al individuo libre y aventurero, en América Latina reforzaron el principio de autoridad, jerarquía y poder estatal.

Por eso en el Perú, se creó una cultura "Estadocéntrica". El Estado fue el eje de la vida social, todo se hacía con autorización estatal o a la sombra de los funcionarios. Se volvió más importante que producir, negociar con el Estado, agenciarse de relaciones y medrar a costa de él. Las primeras constituciones peruanas, liberales en su esencia, quedaron sólo en el papel porque siempre el poder fue más sagrado que la libertad. Inventamos constituciones para legitimar poderes fácticos. Nuestras constituciones no fueron cartas de derechos sino modelos para estructurar un Estado. Vivimos inquietos refundándonos, comenzando siempre de cero sin llegar a arcadia alguna. Nos faltó un Thomas Jefferson que nos fundara para siempre, que nos persuadiera que la vida social sólo puede fructificar por la libertad de los individuos y que la riqueza no la producen los Estados sino que es efecto de esa fórmula magistral convertida en derecho por el constitucionalismo norteamericano: "el derecho de los hombres a la búsqueda de la felicidad".

Por nuestra parte, en el contexto de un país en el que el poder político predominó a la libertad y en el que el éxito personal fue siempre un accidente, el derecho estuvo constituido por leyes y no por contratos. Creímos que la omnímoda voluntad del funcionario era más eficaz para crear prosperidad que la iniciativa de las empresas y sus acuerdos. Ignoramos la gran fuerza escondida detrás de los individuos y sus capitales. Confiamos demasiado en las virtudes de los políticos, cuando la clave del desarrollo no la tenían ellos, sino millones de esforzados peruanos tratando de procurarse una vida mejor. Zavalita jamás logró una respuesta a su pregunta, ella quedó en el tintero de una ficción, aunque quizás pudiera ser el eje para un multidisciplinario e impostergable debate nacional ¿Alguien se animará, por fin, a proponerlo?

Las opiniones contenidas en este artículo son de responsabilidad exclusiva del autor y no reflejan necesariamente opiniones institucionales de la Comisión Andina de Juristas (CAJ).

 
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