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¡TAXI!
Y allí estábamos en
la agencia, ella estaba lista para partir. El
brillo de sus ojos se hacia más extenso
y la luz del fluorecente no me dejaba verla con
claridad. Nos sentamos en la última banca
del recinto. La agencia era pequeña, tenía
apenas unos cuantos sillones para esperar mientras
la señorita llamara a abordar el bus, ni
bien penetrabas en aquel lugar se notaba un ambiente
cargado, quizás porque había sido
testigo de tantas despedidas de familiares y de
amores distantes que con una noche en el mismo
Chiclayo se hacían innegables y perpetuos.
Yo cargaba su maletín, ella
llevaba unos jeans de color azul, una casaca marrón,
por dentro una chompa verde, a pesar que estaba
regularmente abrigada tiritaba mirándome
de reojo cuando descansaba su cabeza en mi hombro.
Había llegado recién
de mi viaje que aproximadamente duró tres
meses. Como de costumbre ése día
me levanté a las ocho de la mañana,
no quise ir a clases, algo en mí me dijo
que no era necesario asistir y efectivamente le
seguí a mi instinto. No fui. Decidí
quedarme en casa a escribir un poco, en mi intento
fallido de vaciar mi alma en una hoja, ella me
llamó.
Zoe y yo ya no hablábamos,
quizás por eso me sorprendió su
llamada, después de mi viaje a Argentina
perdimos todo contacto. Contesté y me insinuó
el vernos, yo no me negué, es más
le pedí hacerlo.
Cuando la vi no estaba muy cambiada,
tenía la misma mirada encantadora, no negaré
que el tenerla frente a mis ojos nuevamente, formó
en mí el deseo de querer abrazarla, sin
embargo me contuve y con un beso en la mejilla
traté en lo posible de no volcar el afecto
que había estado reprimiendo hacía
ya unos cuatro meses.
Decidí llevarla a mi departamento,
aceptó encantada. Al principio fue difícil
entablar una conversación, creo que el
tic tac del reloj era ensordecedor ante nuestro
silencio que después de un par de comentarios
tontos y banales se había infiltrado en
aquella pequeña habitación. No aguanté
más.
-¿Por qué no regresas
conmigo? ¿Hay alguien que te haya hecho
más feliz que yo?- le pregunté
No me miró si quiera, quise
imaginar, pretender creer que era porque aún
aguardaba para mi un sentimiento cálido,
un sentimiento puro, un sentimiento inocente propio
de su corazón que más parecía
una coraza.
Después de veinte declaraciones
de amor que le hice con un espacio de treinta
minutos cada una, algunas después de unos
segundos. Ella respondió. Me dijo que no
podía regresar conmigo por mil y un argumentos
que me es imposible recordar ahora. Traté
de abrazarla, atraerla a mi mundo con palabras
hermosas, le recité a Benedetti y aún
así fallido, debo asegurar que el mismo
Benedetti se sentiría frustrado ante su
constante negativa de mis declaraciones de amor.
Antes de subir al taxi para dejarla
en la agencia le pedí nuevamente que sea
mi enamorada. No dijo nada, atinó a reírse,
profundo y craso error, me dejó con el
corazón colgando del último tramo
de una soga imaginaria. Subimos, me le acerqué
un poco, quise hablarle al oído sin embargo
un bolero bien tocado hizo el trabajo por mí,
se me arrimó cuidadosamente como con miedo,
puso su cabeza en mi pecho y se acurrucó
en mi . El tenerla tan cerca hizo que mi existencia
se redujera a aquellos hermosos minutos que sólo
ella podía brindarme, sentí su respiración
como tantas veces, la luz de los postes apenas
salpicaba en el auto, sentí gélida
su nariz, observé sus labios, me miró
y me besó. No me pude contener, un beso
que en esencia fueron dos segundos no me complació
del todo. Intenté buscarle la mirada pero
ella estaba arropada en mi pecho, en mi cuerpo,
atiné simplemente a con mis manos heladas
tocarle su delicado rostro, le cogí el
mentón, para mi maravillosa suerte me miró.
La besé, nos besamos, sin duda fue el momento
más mágico que no sentía
en mucho tiempo, sentir sus labios en mi boca
por unos cincuenta segundos fue lo preciso, lo
necesario, lo exacto.
Verla desde lejos, adentrando en
el bus fue triste, la esperé por unos siete
minutos afuera de la agencia para poder hacerle
un gesto de adiós con mis manos, demoró
mucho. No la vi. Sin embargo aunque no me dijo
con el mismo ímpetu que me amaba como si
me lo dijo una vez hace muchos meses atrás,
ése beso en aquel taxi en plena carretera,
fue la reducción perfecta de la nada, el
exquisito sentir, la chispa diminuta de un amor
que puede en algún momento o espacio llegar
a crecer.
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