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Viernes, 25 de enero de 2008

¡TAXI!

Y allí estábamos en la agencia, ella estaba lista para partir. El brillo de sus ojos se hacia más extenso y la luz del fluorecente no me dejaba verla con claridad. Nos sentamos en la última banca del recinto. La agencia era pequeña, tenía apenas unos cuantos sillones para esperar mientras la señorita llamara a abordar el bus, ni bien penetrabas en aquel lugar se notaba un ambiente cargado, quizás porque había sido testigo de tantas despedidas de familiares y de amores distantes que con una noche en el mismo Chiclayo se hacían innegables y perpetuos.

Yo cargaba su maletín, ella llevaba unos jeans de color azul, una casaca marrón, por dentro una chompa verde, a pesar que estaba regularmente abrigada tiritaba mirándome de reojo cuando descansaba su cabeza en mi hombro.

Había llegado recién de mi viaje que aproximadamente duró tres meses. Como de costumbre ése día me levanté a las ocho de la mañana, no quise ir a clases, algo en mí me dijo que no era necesario asistir y efectivamente le seguí a mi instinto. No fui. Decidí quedarme en casa a escribir un poco, en mi intento fallido de vaciar mi alma en una hoja, ella me llamó.

Zoe y yo ya no hablábamos, quizás por eso me sorprendió su llamada, después de mi viaje a Argentina perdimos todo contacto. Contesté y me insinuó el vernos, yo no me negué, es más le pedí hacerlo.

Cuando la vi no estaba muy cambiada, tenía la misma mirada encantadora, no negaré que el tenerla frente a mis ojos nuevamente, formó en mí el deseo de querer abrazarla, sin embargo me contuve y con un beso en la mejilla traté en lo posible de no volcar el afecto que había estado reprimiendo hacía ya unos cuatro meses.

Decidí llevarla a mi departamento, aceptó encantada. Al principio fue difícil entablar una conversación, creo que el tic tac del reloj era ensordecedor ante nuestro silencio que después de un par de comentarios tontos y banales se había infiltrado en aquella pequeña habitación. No aguanté más.

-¿Por qué no regresas conmigo? ¿Hay alguien que te haya hecho más feliz que yo?- le pregunté

No me miró si quiera, quise imaginar, pretender creer que era porque aún aguardaba para mi un sentimiento cálido, un sentimiento puro, un sentimiento inocente propio de su corazón que más parecía una coraza.

Después de veinte declaraciones de amor que le hice con un espacio de treinta minutos cada una, algunas después de unos segundos. Ella respondió. Me dijo que no podía regresar conmigo por mil y un argumentos que me es imposible recordar ahora. Traté de abrazarla, atraerla a mi mundo con palabras hermosas, le recité a Benedetti y aún así fallido, debo asegurar que el mismo Benedetti se sentiría frustrado ante su constante negativa de mis declaraciones de amor.

Antes de subir al taxi para dejarla en la agencia le pedí nuevamente que sea mi enamorada. No dijo nada, atinó a reírse, profundo y craso error, me dejó con el corazón colgando del último tramo de una soga imaginaria. Subimos, me le acerqué un poco, quise hablarle al oído sin embargo un bolero bien tocado hizo el trabajo por mí, se me arrimó cuidadosamente como con miedo, puso su cabeza en mi pecho y se acurrucó en mi . El tenerla tan cerca hizo que mi existencia se redujera a aquellos hermosos minutos que sólo ella podía brindarme, sentí su respiración como tantas veces, la luz de los postes apenas salpicaba en el auto, sentí gélida su nariz, observé sus labios, me miró y me besó. No me pude contener, un beso que en esencia fueron dos segundos no me complació del todo. Intenté buscarle la mirada pero ella estaba arropada en mi pecho, en mi cuerpo, atiné simplemente a con mis manos heladas tocarle su delicado rostro, le cogí el mentón, para mi maravillosa suerte me miró. La besé, nos besamos, sin duda fue el momento más mágico que no sentía en mucho tiempo, sentir sus labios en mi boca por unos cincuenta segundos fue lo preciso, lo necesario, lo exacto.

Verla desde lejos, adentrando en el bus fue triste, la esperé por unos siete minutos afuera de la agencia para poder hacerle un gesto de adiós con mis manos, demoró mucho. No la vi. Sin embargo aunque no me dijo con el mismo ímpetu que me amaba como si me lo dijo una vez hace muchos meses atrás, ése beso en aquel taxi en plena carretera, fue la reducción perfecta de la nada, el exquisito sentir, la chispa diminuta de un amor que puede en algún momento o espacio llegar a crecer.

 

 

 

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