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Martes, 29 de agosto de 2006

PEDRO AZABACHE: LOS COLORES DEL SOL

Escribe: Carlos Cerna Bazán
Foto: Alejandro Cerna Bazán

Cómo podía imaginar el joven Pedro Azabache que luego de siete largos días de sinuoso y escarpado viaje resbalaría e iría a posar su flamante pantalón sobre el encerado piso de la Escuela de Bellas Artes de Lima la mañana en que debía rendir su examen para ser admitido en la crema de lo más selecto de los colores y las figuras del Perú del año 1937.

La larga travesía de Moche, milenario y verde valle cerca a Trujillo, no podía haber sido más tortuosa. Sin embargo el arco iris en su rostro de tanta vergüenza le dejaría huella indeleble.

Rodar por el piso y levantarse. Vivir el intenso color del primer plano: los rostros solidarios, pero risueños, de dos de sus futuros maestros. José Sabogal y Julia Codesido, máximos exponentes de indigenismo en el Perú, cuyas huellas perduran influyentes hasta hoy.

Qué más podría pedir el provinciano que por primera vez llegaba a la moderna Lima de entonces.

Entonces las huellas. Pedro Azabache hoy sigue paseando sus pasos muy cerca a las milenarias Huacas del Sol y la Luna. Paisaje y sentimiento de una larga, muy larga vida.

Entonces la soledad de siempre. La pasión del color y sus sentimientos exigen fidelidad absoluta. La compañía, para qué más, del paisaje y los mocheros que aún conservan en mucho las viejas ancestrales costumbres de uno de los pueblos más característicos y antiguos del norte.

La calidad de las obras de Azabache ha sido reconocida en el Perú y en el extranjero. Sus obras se encuentran repartidas en varios países y otras varias colecciones privadas.

Es uno de los pocos trujillanos cuyo nombre figura en el diccionario histórico y biográfico del Perú, y por si fuera poco sobre el pintor se han escrito infinidad de trabajos y un libro que acabad de salir de galeras.

Su parsimonioso caminar en la campiña mochera son parte del paisaje y obligada visita del turista. Nunca tuvo que ir en busca de la inspiración. La tiene a borbotones como el discurrir del agua en el vecino río.

Su imagen empieza a ser incorporada en el retablo cultural por el Municipio local que ve en el turismo una buena fuente del progreso.

Al rayar el alba, rodeado de árboles, acequias, cerros y por el bullicio de pájaros y bueyes el pintor plasma sus colores preferidos: rojos y amarillos, los calientes, como el alma de sus ancestros que perduran en las policromías de las huacas cercanas.

El alto techo de su inmenso taller cobija recuerdos e imágenes. Amores inolvidables y la imagen palpitante de un tradicional mundo que se resiste al olvido. Entonces el genial mochero inicia el festival del óleo o la acuarela, del temple o el grabado, del pastel o los frescos en mural.

Cientos de pinceles se cobijan y brotan luego en cada rincón, iluminados por los eternos rayos solares de la campiña.

En sus obras viven, multicolores, los personajes del entorno. Como seguidor de la corriente indigenista, Azabache plasma representaciones naturalistas del paisaje y costumbres nacionales. En ellas habitan, casi en movimiento, casi bulliciosas, las procesiones, por ejemplo. Casi silenciosa la anciana bajo las ramas del guabo. Festiva, la vendedora de leche. O la fresca sensación de las espumosas olas del mar de Huanchaco y sus pescadores convertidos en diestros jinetes que llegan y van, se hunden y afloran en sus caballitos de totora.

El maestro se apena por la desaparición de unos de sus más prestigiados cuadros que lucía en un conocido hotel local. "La Procesión", se llama, y ella va por dentro en la conciencia de quienes toman al Perú de Azabache sólo por el color de la moneda.

Hace poco las manos diestras y los pies que esta vez ya no resbalaron, expresaron, al son de marineras, el sentir del corazón cuando en el Museo de la Nación se le rindió homenaje.

Luego, la vuelta a la verde y bullanguera campiña. A escaso medio kilómetro, el sol hace resplandecer las inmensas pirámides de la milenaria cultura Moche. Historia, tradición, color y sentimiento vuelven entonces al taller del Maestro. La Posada del Artista.

 
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