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PEDRO AZABACHE: LOS COLORES DEL SOL
Escribe: Carlos Cerna Bazán
Foto: Alejandro Cerna Bazán
Cómo podía imaginar
el joven Pedro Azabache
que luego de siete largos días de sinuoso
y escarpado viaje resbalaría e iría
a posar su flamante pantalón sobre el encerado
piso de la Escuela de Bellas Artes de Lima la
mañana en que debía rendir su examen
para ser admitido en la crema de lo más
selecto de los colores y las figuras del Perú
del año 1937.
La larga travesía de Moche,
milenario y verde valle cerca a Trujillo, no podía
haber sido más tortuosa. Sin embargo el
arco iris en su rostro de tanta vergüenza
le dejaría huella indeleble.
Rodar por el piso y levantarse.
Vivir el intenso color del primer plano: los rostros
solidarios, pero risueños, de dos de sus
futuros maestros. José Sabogal y Julia
Codesido, máximos exponentes de indigenismo
en el Perú, cuyas huellas perduran influyentes
hasta hoy.
Qué más podría
pedir el provinciano que por primera vez llegaba
a la moderna Lima de entonces.
Entonces las huellas. Pedro Azabache
hoy sigue paseando sus pasos muy cerca a las milenarias
Huacas del Sol y la Luna. Paisaje y sentimiento
de una larga, muy larga vida.
Entonces la soledad de siempre.
La pasión del color y sus sentimientos
exigen fidelidad absoluta. La compañía,
para qué más, del paisaje y los
mocheros que aún conservan en mucho las
viejas ancestrales costumbres de uno de los pueblos
más característicos y antiguos del
norte.
La calidad de las obras de Azabache
ha sido reconocida en el Perú y en el extranjero.
Sus obras se encuentran repartidas en varios países
y otras varias colecciones privadas.
Es uno de los pocos trujillanos
cuyo nombre figura en el diccionario histórico
y biográfico del Perú, y por si
fuera poco sobre el pintor se han escrito infinidad
de trabajos y un libro que acabad de salir de
galeras.
Su parsimonioso caminar en la campiña
mochera son parte del paisaje y obligada visita
del turista. Nunca tuvo que ir en busca de la
inspiración. La tiene a borbotones como
el discurrir del agua en el vecino río.
Su imagen empieza a ser incorporada
en el retablo cultural por el Municipio local
que ve en el turismo una buena fuente del progreso.
Al rayar el alba, rodeado de árboles,
acequias, cerros y por el bullicio de pájaros
y bueyes el pintor plasma sus colores preferidos:
rojos y amarillos, los calientes, como el alma
de sus ancestros que perduran en las policromías
de las huacas cercanas.
El alto techo de su inmenso taller
cobija recuerdos e imágenes. Amores inolvidables
y la imagen palpitante de un tradicional mundo
que se resiste al olvido. Entonces el genial mochero
inicia el festival del óleo o la acuarela,
del temple o el grabado, del pastel o los frescos
en mural.
Cientos de pinceles se cobijan
y brotan luego en cada rincón, iluminados
por los eternos rayos solares de la campiña.
En sus obras viven, multicolores,
los personajes del entorno. Como seguidor de la
corriente indigenista, Azabache plasma representaciones
naturalistas del paisaje y costumbres nacionales.
En ellas habitan, casi en movimiento, casi bulliciosas,
las procesiones, por ejemplo. Casi silenciosa
la anciana bajo las ramas del guabo. Festiva,
la vendedora de leche. O la fresca sensación
de las espumosas olas del mar de Huanchaco y sus
pescadores convertidos en diestros jinetes que
llegan y van, se hunden y afloran en sus caballitos
de totora.
El maestro se apena por la desaparición
de unos de sus más prestigiados cuadros
que lucía en un conocido hotel local. "La
Procesión", se llama, y ella va
por dentro en la conciencia de quienes toman al
Perú de Azabache sólo por el color
de la moneda.
Hace poco las manos diestras y los pies que esta
vez ya no resbalaron, expresaron, al son de marineras,
el sentir del corazón cuando en el Museo
de la Nación se le rindió homenaje.
Luego, la vuelta a la verde y bullanguera
campiña. A escaso medio kilómetro,
el sol hace resplandecer las inmensas pirámides
de la milenaria cultura Moche. Historia, tradición,
color y sentimiento vuelven entonces al taller
del Maestro. La Posada del Artista.
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