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LOS NOMBRES DEL AGUA
Por: Nivardo Córdova Salinas
"¿Qué decirle
al amigo, ante la cara de los amigos, cuando es
la hora melancólica de hacer maletas y
de inclinarse para partir? La alegría se
va tan pronto como cuando alguien dice algo, lejos,
más allá del escenario de nuestro
desastre humano.
Oh, los corazones delirantes de todos nosotros!"
Jack Kerouac, "Visiones de Cody"
César
Castillo García (Trujillo
1976) acaba de publicar su primer poemario
"Los nombres del agua", bajo
el sello editorial Casa Nuestra, impecable edición
que nos golpea con una poesía por momentos
enigmática, por momentos transparente.
El agua que venera Castillo es
el líquido turbulento de los resquebrajamientos
de una marea muy personal: su angustia existencial
lo lleva a transitar por las orillas o bucear
en los abismos más turbios.
Una primera lectura nos deja absortos.
El poeta habla como si no se dirigiera a nadie,
y a la vez es una súplica constante al
universo.
El poemario está dividido
en tres secciones. La primera, "Mendigos
del infinito" es definitivamente un ruego
de amor metafísico. Como el poeta francés
Rimbaud, el aeda canta "sin que se conmuevan
los reyes de la vida". Es cierto, solamente
el cielo conoce de su obsesión, y por ello
se hace tan arduo el escrutar las rutas hacia
donde se dirige: "Atravesando la ciudad
y su silencio / sus pasos lo conducen / a una
región anterior a la memoria / de los bosques...".
Son el amor y la muerte sus temas
permanentes. Cara y sello de la misma moneda:
la vida. Castillo transita, delicado y frágil,
entre las espinas de una realidad que lo hostiga,
buscando una caricia, una mirada, aunque sea una
piedra para reposar la cabeza.
El motivo de la mujer es sólo
eso: una metáfora. El poeta busca -mendiga-:
"mi deseo de ti ya no tiene fin".
Y se lanza a la busca para llegar
a los orígenes del drama -su drama, el
de todos los mortales- de la existencia. Por eso
en la segunda sección titulada "Como
era en un principio" hay un ejercicio
retrospectivo: hurgar en la conciencia del universo
y del Hombre.
"Mira / ese cúmulo
de huesos / es la máquina de tu tiempo...".
Castillo va desde el principio hasta el fin. Pero,
¿Acaso hay comienzo y final? ¿o
acaso esta realidad es un espejismo, una constante
mutación?
Acertadamente el comentador del
libro, el poeta piurano Alberto Alarcón
sostiene que "el poeta, única voz
que no tiene origen, es el llamado a invocar el
primer resplandor y conducirnos, bajo su claridad,
por el laberinto de los seres y las cosas".
El poeta, perdido en el laberinto
de la humanidad contempla, como Lautréamont
el espectáculo de la miseria humana "El
edificio de todos los hombres que fuimos / se
derrumbó".
No obstante, el poeta -sensible
y cósmico- no hace nada más que
amar a la humanidad. De allí que en la
última sección "Los nombres
del agua" escribe "...bajo el cauce
de lo inmenso".
No es casualidad comprobar que
a lo largo de la historia de la poesía
universal, el río siempre haya sido considerado
un símil exacto de la vida. Agua, elemento
vital, fuente de vida o última estación
del naufragio: "Las vidas caen del
sol e integran la inefable muralla / que divide
su luz. / Cada gota de luz es mar (...) El rumor
de la arena llega hasta aquí / A sólo
un paso de la eternidad".
No mueren los ríos en el
océano. Sólo cambian de piel. Un
elemental principio físico nos dice que
el agua adquiere la forma del recipiente que la
contiene. Este poeta, en su primera entrega a
la estampa, se transforma en un río de
palabras.
No sabremos si este río
desembocará en otros mares o surcarán
infinitos universos curvados. Castillo ha tirado
la botella al mar. Como artista, ha arriesgado
incluso el caer en un lenguaje a veces cifrado
e insólito. El resultado es un libro misterioso,
como la vida misma. ("Los nombres del agua",
César Castillo García. Casa Nuestra
Editores, Trujillo, 2005, 75 pg.).
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