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Jueves, 8 de setiembre de 2005

LOS NOMBRES DEL AGUA

Por: Nivardo Córdova Salinas

"¿Qué decirle al amigo, ante la cara de los amigos, cuando es la hora melancólica de hacer maletas y de inclinarse para partir? La alegría se va tan pronto como cuando alguien dice algo, lejos, más allá del escenario de nuestro desastre humano.
Oh, los corazones delirantes de todos nosotros!"

Jack Kerouac, "Visiones de Cody"

César Castillo García (Trujillo 1976) acaba de publicar su primer poemario "Los nombres del agua", bajo el sello editorial Casa Nuestra, impecable edición que nos golpea con una poesía por momentos enigmática, por momentos transparente.

El agua que venera Castillo es el líquido turbulento de los resquebrajamientos de una marea muy personal: su angustia existencial lo lleva a transitar por las orillas o bucear en los abismos más turbios.

Una primera lectura nos deja absortos. El poeta habla como si no se dirigiera a nadie, y a la vez es una súplica constante al universo.

El poemario está dividido en tres secciones. La primera, "Mendigos del infinito" es definitivamente un ruego de amor metafísico. Como el poeta francés Rimbaud, el aeda canta "sin que se conmuevan los reyes de la vida". Es cierto, solamente el cielo conoce de su obsesión, y por ello se hace tan arduo el escrutar las rutas hacia donde se dirige: "Atravesando la ciudad y su silencio / sus pasos lo conducen / a una región anterior a la memoria / de los bosques...".

Son el amor y la muerte sus temas permanentes. Cara y sello de la misma moneda: la vida. Castillo transita, delicado y frágil, entre las espinas de una realidad que lo hostiga, buscando una caricia, una mirada, aunque sea una piedra para reposar la cabeza.

El motivo de la mujer es sólo eso: una metáfora. El poeta busca -mendiga-: "mi deseo de ti ya no tiene fin".

Y se lanza a la busca para llegar a los orígenes del drama -su drama, el de todos los mortales- de la existencia. Por eso en la segunda sección titulada "Como era en un principio" hay un ejercicio retrospectivo: hurgar en la conciencia del universo y del Hombre.

"Mira / ese cúmulo de huesos / es la máquina de tu tiempo...". Castillo va desde el principio hasta el fin. Pero, ¿Acaso hay comienzo y final? ¿o acaso esta realidad es un espejismo, una constante mutación?

Acertadamente el comentador del libro, el poeta piurano Alberto Alarcón sostiene que "el poeta, única voz que no tiene origen, es el llamado a invocar el primer resplandor y conducirnos, bajo su claridad, por el laberinto de los seres y las cosas".

El poeta, perdido en el laberinto de la humanidad contempla, como Lautréamont el espectáculo de la miseria humana "El edificio de todos los hombres que fuimos / se derrumbó".

No obstante, el poeta -sensible y cósmico- no hace nada más que amar a la humanidad. De allí que en la última sección "Los nombres del agua" escribe "...bajo el cauce de lo inmenso".

No es casualidad comprobar que a lo largo de la historia de la poesía universal, el río siempre haya sido considerado un símil exacto de la vida. Agua, elemento vital, fuente de vida o última estación del naufragio: "Las vidas caen del sol e integran la inefable muralla / que divide su luz. / Cada gota de luz es mar (...) El rumor de la arena llega hasta aquí / A sólo un paso de la eternidad".

No mueren los ríos en el océano. Sólo cambian de piel. Un elemental principio físico nos dice que el agua adquiere la forma del recipiente que la contiene. Este poeta, en su primera entrega a la estampa, se transforma en un río de palabras.

No sabremos si este río desembocará en otros mares o surcarán infinitos universos curvados. Castillo ha tirado la botella al mar. Como artista, ha arriesgado incluso el caer en un lenguaje a veces cifrado e insólito. El resultado es un libro misterioso, como la vida misma. ("Los nombres del agua", César Castillo García. Casa Nuestra Editores, Trujillo, 2005, 75 pg.).

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